domingo 14 de junio de 2009

EMBARAZADA Y CON GANAS

Cuándo quede embarazada de Pablo y decidí que lo más conveniente sería alejarme de su nociva aunque complaciente influencia, con mi marido y los chicos nos mudamos a una casa a refaccionar. Había que hacer unos cuántos arreglos pero por lo menos estaríamos cómodos y, lo más importante, por lo menos para mí, lejos de quién estaba poniendo en riesgo la integridad de mi matrimonio. Lo más importante siempre es la familia y si quería seguir teniéndola debía acostumbrarme a prescindir de Pablo en mi vida. Fue así que nos mudamos de aquella casa por pasillo del barrio de Constitución en donde había aprendido a ser infiel, en donde me había convertido en “Caliente Lorena”.
Ya instalados en el que sería nuestro nuevo hogar empezamos con los arreglos, yo ya estaba de cuatro meses por lo que queríamos tener todo terminado para cuándo el bebé naciera. Claro que antes tuvimos que analizar distintos presupuestos, ya que no se trataba de un emprendimiento barato, nos iba a costar unos buenos pesos, aunque también teníamos que tener en cuenta la calidad de la mano de obra, así que tras evaluar variadas posibilidades nos decidimos por la de un albañil que nos había recomendado una pareja amiga, por lo que desde el vamos ya teníamos una buena referencia.
Ni bien arreglamos la forma de pago y el plazo de la construcción, el albañil, que trabajaba con su hijo, puso manos a la obra, cubriendo la casa de polvo y material, atormentándonos durante gran parte del día con golpes y más golpes. Pero bueno, no había alternativa posible, era eso o vivir en una casa inhabitable. Y acá les juro por mis hijos que en ningún momento había llegado a fijarme en los albañiles más que como dos simples obreros. Apenas los saludaba cuándo llegaban y volvía a dirigirles la palabra solo para despedirlos cuándo se iban. Ese era todo el trato que teníamos. Hasta que un día el padre se enfermó y el hijo tuvo que seguir solo con la obra, por lo menos por un tiempo.
Fue entonces que, casi sin darme cuenta, empecé a fijarme más atentamente en él. Morocho, de unos 25, 26 años, de cuerpo fuerte y atlético, después de haberme embarazado de otro hombre me había prometido a mí misma no volver a reincidir en mis infidelidades, pero una vez más volvía a picarme ahí, en donde las llamas de la lujuria hacían estragos cada vez que se encendían. Y ahí estaba yo, una mujer casada, madre de dos hijos, con mi pancita de cuatro meses calentándome con el albañil que me arreglaba la casa. Son cosas que suceden y que resultan difíciles de controlar, por lo menos a mí ahora me resulta más complicado que antes poder dominar estos arrebatos que me llevan hacia límites cada vez más riesgosos. Antes era solo con Pablo, ahora es prácticamente con todos. Y en ese momento lo fue con el albañil.
Después de todo pasaba casi todo el día con él, hasta almorzábamos juntos, mientras que mi marido estaba en el trabajo y los chicos en el colegio.
Así, una cosa fue llevando a la otra, y una tarde en que le alcanzaba un mate, todo se desencadenó en la forma que tal vez no esperaba. Quiero decir, estaba embarazada, ¿quién podría llegar a imaginar que una mujer fuera infiel en plena espera de la cigüeña? Solo yo, que ya desde hacia rato le estaba teniendo ganas a aquel albañil.
Admito que cuándo estaba cerca de él los latidos del corazón se me aceleraban, y hasta podía sentir una leve humedad entre mis piernas, suelo enamorarme de los hombres con los que me acuesto, se trata de un enamoramiento momentáneo por supuesto, pero enamoramiento al fin, y es eso precisamente lo que me lleva a ser infiel: el amor.
Estaba alcanzándole un mate, como dije, cuándo nuestras miradas se encontraron, por un instante me tembló el pulso y creo que él supo darse cuenta de la situación.
-Hace usted muy buenos mates señora- me dijo.
Aunque no parecía estar particularmente interesado en mi forma de cebar, ya que por un momento sus inquietos ojos negros se posaron en el escote de mi vestido de futura mamá. Él estaba con el torso desnudo, transpirado, pero así y todo el aroma de su cuerpo me resultaba prácticamente irresistible. En esos momentos como que pierdo el control, ya no soy Lorena, la esposa, la madre, sino Lorena, la caliente, la que es capaz de sobrepasar todos los límites con tal de disfrutar de un buen polvo.
Cuándo me devolvió el mate nuestras manos se tocaron y entonces ya no me aparté más, por el contrario me acerque aún más a él y poniéndome en puntitas de pie, ya que es bastante alto, apoyé mis labios sobre los suyos. Se sorprendió, supongo que no esperaba que una mujer embarazada se le regalara de semejante forma, pero hombre al fin, dejó caer al suelo la pala que sostenía con una mano y me rodeó la cintura, atrayéndome hacía su cuerpo convertido ya en una tromba de testosterona. Al tenerme entonces pegada a él me besó en una forma por demás enérgica y apasionada. No me resistí, obvio, ya que eso era lo que estaba esperando, así que le correspondí con igual furor, enlazando mi lengua con la suya, dejándome arrastrar por la lujuria más salvaje y turbulenta.
El albañil, como ya les dije, estaba con el torso desnudo, por lo que podía sentir nítidamente el calor de su piel mientras lo besaba tan jugosamente que la saliva resbalaba por las comisuras de mis labios. Enseguida noté también como una de sus manos se deslizaba por sobre mis nalgas, apretándomelas, pellizcándomelas, acariciando con encendida lujuria la raya de mi traste, la que parecía abrirse con singular facilidad ante la dulzura de su tacto.
-¿No hay problema en que estés así?- me pregunto refiriéndose a mi pancita de cuatro meses de embarazo.
-Vamos a tener que hacerlo con cuidado, pero me imagino que me vas a tratar dulcemente, ¿no?- le dije y esta vez lo besé yo a él, con lengua y todo, refregándome muy especialmente contra su ya inflamada entrepierna, la que me atraía de un modo casi irresistible.
Eso fue lo último que dije, de ahí en más no pronuncié palabra alguna, ni él tampoco. Me olvide del mate, de mi marido, de los chicos, de mi embarazo, y sentándome sobre una pila de ladrillos que estaba por ahí nomás me puse a frotarle el bulto a través del pantalón, sonriéndole con picardía, como diciéndole: “No vas a poder creer lo que te voy a hacer”.
Le desabroche entonces el pantalón, saqué de entre sus ropas su miembro ya rígido y enhiesto, un terrible pedazo de pija que al solo contacto de mis dedos alcanzó su máximo esplendor, poniéndose de un tamaño de esos que tanto nos gustan a las mujeres calientes como yo. Se la froté de atrás para adelante, familiarizándome con semejante enormidad y de a poco se la fui lamiendo, empezando por la base, para luego alcanzar la cima y devorarme un buen pedazo al cuál chupe con entusiasta delectación. Me gusta chupar, me encanta, y más cuándo se trata de pijas de tales características, ideales para el sexo oral, entonces no me privo de nada, utilizando todas mis habilidades para sacarle a tal artefacto el mayor provecho posible.
Y así se la chupaba al albañil, mirándolo de vez en cuándo para deleitarme con los gestos de complacencia que esbozaba. Lo estaba haciendo más que bien, lo notaba en su cara, y eso me proporcionaba un placer supremo. Me gusta complacer a mi hombre, quién quiera que éste sea, y cuándo logro mi cometido, no puedo sentirme más feliz.
Esbozando en todo momento esos gestos que nos proporcionan tanta satisfacción, el albañil metía una mano por dentro de mi escote y me acariciaba las tetas, llegando incluso hasta mi panza, proporcionándome unas caricias por demás dulces e incitantes.
Mientras, yo ya me metía dentro de la boca algo más de la mitad, mamándosela con frenesí mientras le acariciaba las bolas con los dedos, sintiendo ya la candente ebullición que allí comenzaba a gestarse. Y así, dándome un atracón de verga, él me acariciaba las tetas, pellizcándome suavemente los pezones, diciéndome que lo hacía muy bien, que chupaba como la mejor de las putas, pero antes de que me fuera a pasar con mi entusiasmo y terminara acabándome en la boca, me la sacó, se ubicó prestamente entre mis piernas, de rodillas entre ellas y se alistó para darme aquello que tanto necesitaba.
Me acomodé entonces sobre los ladrillos, apoyándome en mis manos y separando aún más las piernas. El albañil apoyó la punta de su verga entre mis labios ya abiertos y enrojecidos y jugueteó con la cabeza por sobre toda esa parte de mi cuerpo que reclamaba ya su inmediato accionar. Se apartó un momento, agarró su bolso que estaba en un rincón, sacó un preservativo, se lo puso y entonces sí, ¡Madre mía!, agárrense porque ahí volvía con la pija destilando vigor por cada vena. Volvió a ubicarse entre mis piernas, enfiló hacia donde ya lo esperaba ansiosa y desesperada, y… ¡Ahhhhhhhhhhhhhhh!, me la fue metiendo en una forma suave y delicada aunque sumamente satisfactoria. Mientras lo sentía deslizándose hasta lo más profundo lleve una mano hacia mi caldeada conchita y me puse a masajearme el clítoris, sintiéndolo duro y entumecido, a punto de explotar de tanta calentura.
Para entonces yo estaba tan mojada que su miembro resbaló fácilmente por entre mis paredes íntimas, yéndose a guardar en lo más profundo de mi caliente conchita, deslizándose con suma fluidez pese a su imponente volumen.
Ya dentro de mí, el albañil se aferró de mis muslos y empezó a cogerme con un ritmo por demás cautivante, haciéndome suspirar en forma continua, metiéndomela hasta los pelos con cada envión, llenándome con su carne, embistiéndome con más fuerza a cada instante, aunque siempre con un ritmo controlado.
¡Que delicia!…yo misma me pellizcaba los pezones, me los retorcía, tratando de canalizar de alguna manera todas esas sensaciones que me atravesaban como las punzadas de un cuchillo.
Sentía que me aniquilaba y aún así quería más, le pedía más, le pedía que me cogiera con todo, aunque por mi embarazo él trataba de ser lo más gentil posible. Eso me gustó, por eso me entregué por completo a él, sin trabas ni reservas, dejando que me cogiera a su propio gusto, de la forma que más le gustara.
Luego me la saco, toda entumecida y chorreante de fluidos, con la cabeza enardecida y de un color rojo subido, y ayudándome a levantarme, hizo que me tendiera de costado en el suelo, lo cuál, en mi estado, resultaba una posición por demás reconfortante, ya que la panza queda bien apoyada y no recibe presión alguna, así que acomodándose tras de mí, me la vuelve a mandar bien adentro de un solo y preciso empujón, haciéndome delirar de placer ni bien empezó a moverse con un ritmo intenso y sostenido, dándomela toda desde atrás.
Y así, mientras me la metía bien hasta los pelos, me amasaba las tetas con sus manos, o me acariciaba el clítoris, arrancándome unos suspiros que me resultaban imposibles de contener.
Estaba desquiciada, absolutamente entregada a ese festín de metidas y sacadas que el albañil me regalaba sin pausa ni descanso.
-¡Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!… ¡Asiiiiiiiiiiiiiiiiii!… ¡Asiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!…- le decía, marcándole el ritmo con mis caderas, que se movían de atrás para adelante conjuntamente con su pelvis.
Ya sentía que se acercaba el orgasmo, para ambos, ya que lo sentía hinchándose cada vez más y latir en una forma desesperada, por lo que aumentamos el ritmo, o mejor dicho él aumentó sus embestidas desde atrás, regalándome una garchada de ensueño.
-¡Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!… ¡Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!… ¡Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!…- grité y… ¡llegamos!, los dos, al mismo tiempo, disolviéndonos en un polvo compartido que nos puso en el limbo apenas por un instante.
Ahí, tendida en el suelo, mi cabeza apoyada en su brazo, una de mis piernas encima de las suyas, mi pancita de cuatro meses descansando en el suelo, recién en ese momento tomé absoluta conciencia de mi reincidencia. Lo había hecho de nuevo, y esta vez estando embarazada.
En vano sería sentirse culpable, lo hecho, hecho estaba, así que me dispuse a disfrutar sin complejos tan subyugantes delicias.
Luego nos levantamos y tomamos mate como si nada hubiera pasado, claro que mientras duro la refacción de la casa, cogimos varias veces más, más allá de que mi panza comenzara a crecer cada vez más.
Podría estar panzona, pero el antojo de pija no se me iba, y la del albañil me venía como anillo al dedo.

9 comentarios:

  1. no puedes dejar de hacerlo!!

    uhm excelente historia !

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  2. Mmmmm, amor, lo puta que eres!!!, es que no!!!, no es posible!!!!, que puta y reputa!!!!, te adoro.

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  3. HOLA HERMOSA, RICA Y SABROSA MINA.
    PRECIOSA Y DESPAMPANANTE MUJER.
    COMO ME GUSTARIA SER UNO DE TUS COGEDORES, O AL MENOS PODER HECHARNOS UN BUEN POLVO Y CON ESO ME CONFORMARIA, DEBE SER DELICIOSO VER TUS GESTOS, SENTIR TUS MOVIMIENTOS, ACARICIAR TU CUERPO, ESTAR ENTRE TUS SUCULENTAS GOMAS.
    MAMACITA.
    FELIZ CUMPLEAÑOS, QUE LO HAYAS PASADO COGIENDO RIQUISIMO COMO TU SABES.

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  4. Eres una ZORRA con MAYUSCULAS, pero igual muy buenos tus relatos me facinan pero no nos abandones mucho please jeje....besitos donde te los gustes poner preciosa.

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  5. Lore: tengo los huevos llenos de leche, por favor conta otra historia así puedo vaciarlos pensando en vos!

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  6. Suelo enamorarme de los hombres con los que me acuesto, se trata de un enamoramiento momentáneo por supuesto, pero enamoramiento al fin, y es eso precisamente lo que me lleva a ser infiel: el amor. Al parecer te gusta que en ese enamoramiento momentáneo te sientan suya, unos minutos de amor seria.

    Embarazada y con ganas .eres increíble Diosa Lore. Las mujeres en ese estado son las mas bellas y dulces se le ve tan angelicales, puras no se como tu pierdes la cabeza jeje. Pero las ganas te matan además es bueno el sexo en este estado para el BB eso dicen, no hay duda eres Tremenda.

    Tu Lideraly =)

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  7. Recien abrí una seccion de sexo con preñadas en mi blog, basicamente porque tuve una experiencia con una amiga preñada y fue fantastico.

    excelente relato, de lo mejor que he leido.

    felicitaciones!

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  8. Una foto de esa panza, por favor!!!

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  9. Muy PUTA creo yo que a ningun Marido le gustaria que la mujer haga eso con su hijo dentro de la panza me pareces por demas baja y encima nombras a cada rato tu panza de 4 meses, que verguenza sentirian tus hijos de saber que sos tan PUTA que ni siquiera podes atajarte al estar embarazada, despues de PARIR podes ser toso lo PUTA que quieras pero para mi sos una ENFERMA de MIERDA!!

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